Pedro Mir: Conciencia Lírica De Una Nación
- Departamento Periodistico
- 23 nov 2025
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Mir (1913) fue el cronista lírico de la República Dominicana, el artista que supo descifrar el latido colectivo de su pueblo y transformarlo en versos perdurables.

Su vida y su obra son un testimonio de la lucha, la identidad y la esperanza de un país cargado de historia y epopeyas gloriosas.
Mir creció en una época de profundas convulsiones políticas y sociales, marcada por la intervención extranjera y la posterior férrea dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. En este contexto, la voz de Mir emergió con una claridad y un coraje que le valdrían su exilio en 1947. Partió a Cuba y luego a México, desde donde su poesía, libre ya de ataduras, comenzaría a circular con fuerza, convirtiéndose en un referente para los dominicanos dentro y fuera de la isla.
“Hay un país en el mundo”
Si una obra debe ser señalada como la piedra angular de la poesía social dominicana, esa es, sin duda, “Hay un país en el mundo (1949)”. Este poema no es simplemente un conjunto de versos; es un manifiesto y una elegía. Con un tono que oscila entre la denuncia descarnada y la ternura más profunda, Mir sitúa a la República Dominicana de esa época en el mapa universal no por su geografía, sino por su dolor y su potencial.
El poema comienza con una afirmación contundente y geográficamente precisa:
“Hay un país en el mundo
colocado en el mismo trayecto del sol.
Oriundo de la noche.
Colocado en un inverosímil archipiélago
de azúcar y de alcohol.
Sencillamente liviano,
como un ala de murciélago
apoyado en la brisa. (...)
Hay un país en el mundo donde un campesino breve,
seco y agrio muere y muerde descalzo su polvo derruido,
y la tierra no alcanza para su bronca muerte (...)”
El poema se convirtió en un grito de identidad, donde retrata la explotación del campesino, la injusticia social y la desesperanza, pero lo hace sin perder nunca de vista la dignidad intrínseca de su gente.
En la llamada Era de Trujillo, donde la narrativa oficial intentaba homogeneizar el pensamiento, “Hay un país en el mundo” devolvió a los dominicanos una imagen de sí mismos, cruda pero auténtica.
El 1 de julio de 1984, el Congreso Nacional de la República Dominicana tomó una decisión de una justicia histórica: declarar a Pedro Mir como “Poeta Nacional de la República Dominicana”. Este no fue un simple título honorífico más, fue el reconocimiento oficial, de que la obra de Mir constituía la expresión más alta y representativa del alma dominicana.
Pedro Mir falleció en Santo Domingo en el año 2000, su legado perdura en la memoria de quienes se saben parte de ese “país en el mundo” que él inmortalizó.
Los Hermanos Henríquez Ureña: Lazos Intelectuales que Difundieron el "Ariel" de Rodó en América
El intercambio intelectual entre el pensamiento uruguayo y la intelectualidad dominicana a inicios del siglo XX

A principios del siglo XX, el ensayo “Ariel” del uruguayo José Enrique Rodó, un llamado al idealismo y la unidad cultural de América Latina frente al utilitarismo, comenzó un viaje continental. Pero su difusión no fue obra del azar editorial.
La historia comienza en Santo Domingo (1901). A las tertulias del "Salón Goncourt", donde se reunía la élite intelectual dominicana, llegó el opúsculo Ariel. La investigación de Cesana, basada en cartas y documentos de archivo, revela que fue Federico Henríquez y Carvajal, y su hermano mayor, Francisco Noel, quienes recibieron los primeros ejemplares enviados por el propio Rodó desde Montevideo.
La Revista Literaria, dirigida por Enrique Deschamps, publicó Ariel por entregas en 1901, aunque de forma incompleta y sin la autorización explícita de Rodó. Este fue el primer eslabón de una cadena que los hermanos Pedro y Max Henríquez Ureña extenderían.
Obligados a emigrar a Cuba por razones políticas, en Santiago (1905), Max Henríquez Ureña, fundó la revista Cuba Literaria. Fue aquí donde, por primera vez fuera de Uruguay, se publicó Ariel de forma integral. Max escribió a Rodó para solicitar su autorización. Rodó no solo accedió con entusiasmo, sino que sugirió dedicar la edición cubana a José Martí.
Por su parte, Pedro, desde La Habana, actuó como un "codirector" de la empresa y escribió un artículo presentando a Rodó como el modelo a seguir, destacando su prosa "espiritual, sutil, flexible".
Años más tarde, en la Ciudad de México (1908), Pedro y Max se integraron en el grupo de intelectuales que luego formarían el Ateneo de la Juventud. Junto a Alfonso Reyes y Antonio Caso, concibieron una edición mexicana de Ariel para repartir gratuitamente entre la juventud, como un antídoto contra el positivismo predominante.
Sin esperar la autorización de Rodó, lograron el patrocinio del general Bernardo Reyes, quien financió la impresión de 500 ejemplares. Pedro redactó una "Nota de la edición mexicana" donde presentaba la obra como "la más poderosa inspiración de ideal y de esfuerzo dirigida a la juventud de nuestra América". Poco después, la Escuela Nacional Preparatoria, dirigida por Porfirio Parra, realizó una segunda edición en la capital, usando como base la de Monterrey y legitimando así a Rodó en el corazón del sistema educativo mexicano.
Cuando Pedro escribió a Rodó para explicarle (y casi disculparse) por haber publicado sin su permiso, la respuesta del maestro uruguayo fue contundente: "No era necesaria: todo lo que yo escriba pertenece a ustedes".
Este episodio, reconstruido por Cesana, demuestra que la fama de Ariel no se construyó sola. Fue el resultado de una red intelectual transnacional, tejida a través de cartas, revistas y amistades, donde los hermanos Henríquez Ureña funcionaron como nodos, constituyendo puentes que conectaron el mensaje de Rodó con los principales focos culturales del Caribe.
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¹El papel de los Henríquez Ureña en la difusión de Ariel en República Dominicana, Cuba y México (1901-1908). (2019). Latinoamérica. Revista de Estudios Latinoamericanos, (69), 43-69.



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