A 100 Años de la Formalización de las Relaciones Diplomáticas Bilaterales
- Departamento Periodistico
- 23 nov 2025
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Mensaje del Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Dominicana en Uruguay, Fidel. E Santana.
Cien años ha que, el 27 de noviembre de 1925, el abogado, escritor y diplomático dominicano Tulio M. Cestero presentó cartas credenciales ante la Cancillería uruguaya, inaugurando una etapa de formalización de las relaciones diplomáticas entre los dos países, que hasta entonces habían estado caracterizadas por el intercambio epistolar entre presidentes -algunos de poca permanencia en el poder- y la designación de cónsules honoríficos.

El documento más antiguo que se ha podido rastrear en los archivos históricos de la República Dominicana es una carta, fechada el 15 de junio del año 1876, firmada por Manuel de Jesús Galván, a la sazón ministro de relaciones exteriores del efímero gobierno del presidente Ulises Francisco Espaillat, que se estableció entre abril y octubre de ese año, dirigida al presidente uruguayo Pedro Varela (1875–1876), a través de su homólogo, el entonces canciller uruguayo Ambrosio Velazco.
Tal y como lo expresa el canciller Galván en dicha carta, en esa etapa la República Dominicana presentaba un “… gran vacío en las relaciones internacionales”. No podía ser de otra manera. Había alcanzado su independencia el 27 de febrero de 1844, después de 22 años de dominio haitiano, a continuación de lo cual debió enfrentar una guerra de agresión de los vecinos durante 12 años, en intentos sucesivos, todos fallidos, que buscaban reinstalar su dominio y anular la independencia conquistada, cosa que fue resistida tenazmente por el pueblo dominicano, decidido a no volver a ser esclavo de ningún extranjero.
De suerte que, durante esa etapa, todas las energías se concentraban en afianzar este proceso de construcción de un Estado soberano, más que en articular relaciones con el resto de las naciones de la región, mientras, paralelamente, emergía una dinámica de luchas caudillistas que impuso un tortuoso camino de inestabilidad que tampoco daba oportunidad a las iniciativas diplomáticas.
En ese complejo contexto interno, cuando se dieron los primeros pasos para procurar relacionamiento con otras naciones estuvo orientado a la búsqueda de algún acuerdo que asegurare un protectorado por parte de una u otra metrópolis europea o de los Estados Unidos, como resultado de la inconsecuencia de una parte importante del liderazgo que, desde la fundación de la república, no confiaba en la viabilidad del proyecto nacional.
Como fruto de esa visión, en el año 1861, se produjo un acuerdo de anexión con España, con lo que se perdió la soberanía hasta que, entre el 1863 y el 1865, el pueblo dominicano desplegó todas sus energías patrióticas desatando el acontecimiento político-militar conocido en la historia como la Restauración, como resultado de lo cual, tras una cruenta guerra contra el poderoso ejército español, se recupera la soberanía perdida y se instala la Segunda República.
Apenas tres años después de esa hazaña emancipatoria correspondió el inicio de otra guerra, que fue conocida como la Guerra de los Seis Años por su extensión (1868-1974), esta vez motivada en el rechazo al proceso de negociación de una nueva anexión, en esa oportunidad en favor de los Estados Unidos, de la cual nuevamente pudo escapar la República, tanto por la resistencia militar de grupos patrióticos como por la labor diplomática en toda la región, lo que encontró eco en los órganos legislativos norteamericanos, que terminaron rechazando este nuevo intento de liquidación del proyecto nacional dominicano.
De modo que la referida carta en nombre del presidente Espaillat marcaba el inicio de una etapa en que se habían despejado las amenazas a la soberanía nacional y, por primera vez, a treinta y dos años de la independencia, se generaba un escenario en que era factible comenzar a forjar vínculos con las hermanas naciones “… que por su identidad de origen, de raza y de historia, por su situación en el continente del Sur y en el Centro de América, constituyen la vecindad natural de Santo Domingo, y tienen….el deber de considerarse y tratarse como hermanas, de vivir en incesante comunión de ideas, y de procurar la más íntima asociación posible de sus destinos políticos.”
La exposición de motivos expuesta en dicha misiva fue acompañada de una propuesta “para la más pronta celebración de un tratado entre los dos países”, que encontraría una rápida y positiva respuesta por parte de Ambrosio Velazco, Ministro Secretario de Estado de Relaciones Exteriores de la República Oriental del Uruguay quien, mediante documento fechado el 10 de octubre de 1876, comunica que “… el Sr. Gobernador Provisorio de la República … animado de los mismos sentimientos y deseos …” tiene el agradable interés de “… negociar el referido Tratado sobre las bases generales del Derecho público internacional… a cuyo efecto… puede enviar a esta Capital, cuando lo crea oportuno, el Plenipotenciario encargado de las negociaciones respectivas.”
Lamentablemente los gobiernos de Espaillat en República Dominicana y de Varela en Uruguay no tuvieron suficiente extensión como para llevar a término la mutua voluntad de celebrar aquel temprano acuerdo propuesto. Sin embargo, el interés de iniciar una relación de cordialidad y hermandad entre los gobiernos de las dos naciones servirá por siempre como punto de inicio de una amistad que, de múltiples formas, no ha hecho otra cosa que crecer con el tiempo.
En el trayecto de los vínculos entre ambas naciones se puede descubrir los cambios operados en la dinámica diplomática que, de la tradición epistolar, avanza un escalón a una etapa de importancia mayor, que se caracteriza por la profesionalización del servicio exterior, por medio a la designación de ministros plenipotenciarios, en el caso dominicano a partir del año 1924. Este acontecimiento marcaría un salto cualitativo en el accionar que caracterizó la diplomacia decimonónica y las primeras décadas del siglo XX, para elevarse hacia vínculos más formales, que aportarían un acercamiento y acompañamiento sostenido.
Es en ese marco de acción en que llega designado como ministro plenipotenciario Tulio Manuel Cestero, quien presenta credenciales el 27 de noviembre del 1925, como ya habíamos indicado. Su permanencia como Ministro Plenipotenciario se extendería hasta el año 1938.
El contexto en que esto ocurre, tiene un cierto parecido al que, en 1876, generó el surgimiento de la primera iniciativa dirigida a construir vínculos diplomáticos con el Uruguay y otros Estados de la región. En 1924, luego de ocho años de ocupación extranjera, otra vez nuestra nación había logrado recuperar su soberanía. Desde mayo de 1916 hasta septiembre de 1924 marines norteamericanos habían arriado la enseña patria para instalar un régimen militar.
Durante esos años en que se escribía otro capítulo de resistencia y lucha diplomática por recuperar la soberanía, Uruguay y sus intelectuales aportaron su solidaridad y sumaron su energía a las voces que constituirían un clamor latinoamericano en favor de la desocupación del territorio dominicano. Basta recordar el telegrama dirigido a Robert Lansing, Secretario Estado del gobierno de los Estados Unidos, fechada el 3 de diciembre de 1919, en la que el gobierno uruguayo encabezado por Baltasar Brum establecía “Sírvase expresar ministro … toda simpatía Uruguay favor gestiones tendientes restablecer en República Dominicana Gobierno Civil que prepare reorganización política económica y reintegración país al goce de su soberanía…”
Restablecida la soberanía dominicana por la que Uruguay abogó con mucha firmeza e inteligencia, es cuando se produce la designación de Tulio M. Cestero, en el 1924, con lo que se inaugura la profesionalización de las representaciones diplomáticas.
República Dominicana tendría dos ministros plenipotenciarios más, luego de que Cestero concluyera su misión: En el año 1943 fue designado Gilberto Sánchez Lustrino, abogado, educador e historiador, quien sería sustituido por Carlos Sánchez y Sánchez, jurista y diplomático que, desde 1944, hasta el año 1948 sirvió también como jefe de misión en el Uruguay.
Entre los años 1948 y 1965, la representación dominicana quedó ocupada por sucesivos encargados de negocios, hasta que, el 30 de diciembre de 1965, presenta credenciales el embajador extraordinario y plenipotenciario Manuel Ramón Morel Cerda, quien es el primer dominicano que ostenta esa denominación en la nación rioplatense, seguido por 20 embajadores más, quienes durante algo más de 60 años han representado al Estado caribeño ante los distintos gobiernos que se han sucedido en la República Oriental del Uruguay.
Como en períodos anteriores, el contexto en que se produce este nuevo salto cualitativo estuvo precedido por la inestabilidad política, fruto de la desaparición de la dictadura de Trujillo, ajusticiado el 30 de mayo de 1961; la llegada al poder del profesor Juan Bosch, el 27 de febrero del 1963; el golpe de Estado contra su gobierno apenas siete meses después de su instalación; y el estallido de la guerra civil, el 24 de abril de 1965, seguido por la invasión militar norteamericana que se inició cuatro días más tarde, luego secundada por la participación de un contingente militar multinacional de la Fuerza Interamericana de Paz, en cuya misión Uruguay rechazó participar, votando en contra de las resoluciones que avalaron la intervención en los organismos multilaterales, al tiempo de expresar duras críticas contra la intervención extranjera en la República Dominicana.
Como puede observarse, Uruguay siempre ha estado al dado de la República Dominicana, tanto en los buenos como en las dificultades, lo que es motivo no sólo de agradecimiento por parte de nuestro pueblo sino también de un especial sentido de agradecimiento, retribuido con una lealtad a al vínculo forjado que permanecerá por siempre.
El último eslabón de esta cadena de actos simbólicos, protocolares y de estado con los que se ha ido forjando esta sólida amistad entre los dos países, se puede identificar como la etapa de la diplomacia entre los presidentes de ambas naciones. Acá se destacan distintos acontecimientos que han dejado huellas, como veremos más adelante en las páginas de esta revista, que resume algunos de los hitos más relevantes de la relación bilateral de los últimos 40 años, etapa caracterizada por la estabilidad y la profundización democrática.
La visita del presidente Luís Abinader, para asistir a los actos de toma de posesión de Yamandú Orsi, presidente de la República Oriental del Uruguay, es el más reciente capítulo de la hermandad entre dos naciones que apuestan a seguir escribiendo un camino de fortalecimiento democrático, de acompañamiento cotidiano a los esfuerzos mutuos por alcanzar mayores niveles de bienestar para los ciudadanos, de intercambio cultural y de ampliación del comercio.
¡Que vivan por siempre la amistad y confraternidad entre nuestros pueblos y gobiernos!



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