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La internacionalización como política de Estado

Las empresas y gobiernos están analizando diversas acciones para mitigar el impacto de lo que generaría una disputa de aranceles entre las principales economías del mundo.


Pablo Cosenza


La reactivación de políticas arancelarias por parte de Estados Unidos ha reabierto una de las mayores fuentes de inestabilidad del comercio global desde la crisis financiera de 2008. En un mundo interdependiente, donde las cadenas de suministro ya habían sido dañadas por la pandemia y los conflictos geopolíticos, el retorno del proteccionismo introduce un nuevo factor de riesgo que golpea especialmente a los países pequeños, abiertos y exportadores, como Uruguay.

Para nuestra economía, profundamente integrada al comercio internacional, la guerra de aranceles no es una discusión abstracta: se traduce en menos acceso a mercados, más costos logísticos, mayor incertidumbre para los inversores y presión sobre el empleo.


En este contexto, la promoción internacional de las empresas uruguayas de bienes y servicios deja de ser una herramienta comercial para convertirse en una política estratégica de supervivencia y desarrollo.

Uruguay no tiene escala para competir por volumen ni para imponer condiciones. Pero sí posee ventajas estructurales: estabilidad institucional, seguridad jurídica, calidad sanitaria, trazabilidad productiva, recursos humanos calificados y una imagen país asociada a la confiabilidad. En un escenario donde las grandes potencias elevan muros, los países confiables, previsibles y transparentes se vuelven activos estratégicos.


Por eso, la internacionalización de las empresas uruguayas debe ser concebida como un proyecto nacional. No se trata solo de exportar carne, soja o celulosa. Se trata de colocar servicios, tecnología, logística, software, biotecnología, economía creativa, agro inteligencia y conocimiento en mercados que hoy buscan diversificar proveedores ante el riesgo político y comercial que generan las tensiones entre Estados Unidos, China y Europa.

La crisis arancelaria mundial abre, paradójicamente, una ventana de oportunidad para Uruguay. Las empresas globales están rediseñando sus cadenas de suministro para reducir dependencia de países sometidos a sanciones, conflictos o inestabilidad regulatoria. Uruguay puede posicionarse como un hub confiable del Cono Sur, tanto para la producción de bienes como para la exportación de servicios de alto valor agregado.


Pero esto no ocurre por inercia. Requiere una política pública agresiva de promoción internacional, financiamiento a la exportación, diplomacia comercial activa, inteligencia de mercados y apoyo directo a las pymes para que puedan salir al mundo. El costo de no hacerlo es quedar atrapados en mercados cada vez más cerrados, dependientes de pocos compradores y vulnerables a shocks externos.

La guerra de aranceles no solo encarece productos: encarece el futuro. Cuando los grandes se cierran, los pequeños deben abrirse más, no menos. Uruguay debe multiplicar misiones comerciales, presencia en ferias estratégicas, acuerdos de cooperación tecnológica y plataformas de e-commerce internacional que permitan a empresas de todos los tamaños llegar a nuevos clientes.


Además, la promoción internacional no es solo económica: es también geopolítica. Cada empresa uruguaya que se instala en el exterior, cada contrato firmado, cada servicio exportado, es una forma de soberanía productiva. Es una manera de garantizar que Uruguay no quede subordinado a la voluntad de potencias que utilizan el comercio como arma.

En tiempos de fragmentación global, Uruguay debe apostar a ser un país conectado, confiable y visible. No basta con producir bien; hay que vender mejor, negociar mejor y posicionarse mejor. La marca país, la diplomacia económica y el respaldo institucional deben actuar como un solo cuerpo al servicio del sector productivo.


La historia demuestra que las crisis globales reordenan el poder económico. Quienes invierten en internacionalización durante la tormenta, ganan cuando vuelve la calma. Uruguay está ante una disyuntiva histórica: replegarse por miedo o salir al mundo con inteligencia.

En la guerra de aranceles, la verdadera protección no está en cerrar fronteras, sino en abrir mercados. Uruguay debe elegir ser protagonista.


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